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Como el hombre aquel que se compró un bumerán nuevo y nunca pudo dejar el viejo porque cuando lo bota siempre regresa, así se presenta la historia electoral de Ecuador y en particular de lo que se autodenomina izquierda ecuatoriana, o izquierdas ecuatorianas.

Es una vieja tradición del periodismo político esperar a que transcurran cien días desde el inicio de un nuevo gobierno para iniciar el análisis del rumbo que seguirá en lo futuro. En el caso de Donald Trump, de esos emblemáticos cien días apenas han transcurrido dos tercios. Pero ya se pueden prefigurar algunas líneas de su desarrollo.

La izquierda del siglo XX fue una izquierda del Estado, que se valió del Estado para organizar proyectos de nación, empujar el desarrollo económico y garantizar los derechos sociales. Tuvo un rol fundamental, sobre todo si pensamos que antes había un Estado estrictamente de las elites dominantes, de las oligarquías exportadoras de materias primas, que hacían del Estado un instrumento estricto de sus intereses.

En vista de la generalizada degradación institucional que produce el macrismo, ahora con medidas abiertamente ilegales y autoritarias que denigran el derecho de huelga, queda clara la urgencia por recuperar el rol del Estado Democrático.

En general, la gente suele considerarse solidaria, pero sólo con aquellos que pueden devolverle el favor recibido. «Cristianos» (lo mismo que otros religiosos) que dicen amar a su dios, a quien no ven, pero matan, odian, insultan o menosprecian a sus semejantes, a los cuales sí pueden ver cada día, dotado de un rostro diferente. Sacerdotes y pastores que olvidan adrede la crítica de Jesucristo a escribas y fariseos, arrodillados devotamente ante el becerro de oro que les induce a olvidar su principal función religiosa.