Colombia es uno de los países más violentos y agitados de la región, y está atravesando por una de sus peores crisis política, económica y social. Combina una crisis de Estado y sus instituciones con una de la política de tal magnitud, que de existir un escenario real de cambio, el esfuerzo por derribar lo que hay no tendría que ser ni siquiera excepcional. Bastaría un amplio movimiento ciudadano consciente de la grave crisis y los problemas dispuesto a luchar por cambiarlo. Pero no hay que olvidar que no son los tiempos de la Revolución bolchevique ni la cubana ni la bolivariana. Pueden ser tiempos peores pero carentes del espíritu revolucionario y esa realidad facilita la estrategia del miedo, el nuevo genocidio en marcha contra los líderes sociales y la oposición, y la preservación del poder. Lo cual configura, habrá dudas, el inminente fracaso de los acuerdos de paz.   

El candidato a Premio Nobel en Economía, Albert Berry, dice en su reciente libro “Avance y fracaso en el agro colombiano siglos XX y XXI” que para el año 1936 “los grandes latifundistas montaron una campaña sofisticada en contra del gobierno que destacaba la hostilidad de la élite hacia cualquier intervención del Estado en asuntos relacionados con la tierra, declaraba que el Gobierno estaba tratando de destruir la propiedad privada y alertaba sobre la amenaza de una revolución.” El problema se resolvió a favor de los terratenientes y Colombia perdió la oportunidad de ir por la senda de la inclusión, la paz y el progreso.

El principal reto de la sociedad colombiana es terminar la guerra, pues es innegable que sigue existiendo. Pero para lograrlo hay que trascender al gobierno y al Estado mismo, sin embargo, éstos son fundamentales para llevar a cabo este fin histórico. 

Nuevamente, por enésima vez, se incumple en forma descarada lo que ha pactado el narco-régimen.

Los sicólogos y también los siquiatras que investigan acerca de la perversidad humana tienen en el presidente de Colombia Juan Manuel Santos, el más soñado de los objetos de estudio. La perversidad está asociada a una malignidad superior, a la perfidia, a la perversión y a la depravación todas estas, categorías que coinciden en cualquier escuela sicológica o incluso en las visiones religiosas del término, que agregan otros sinónimos los cuales varían según cada punto de vista.

Frases

“Al imperio no hay que subestimarlo, pero tampoco hay que temerle. Quien pretenda llevar adelante un proyecto de transformación, inevitablemente chocará con el imperio norteamericano”

Hugo Rafael Chávez Frías

Correos del Sur Nº56