El amplio triunfo del Movimiento al Socialismo en las elecciones generales de Bolivia es histórico y tiene múltiples explicaciones. Es un castigo democrático y popular al gobierno de facto de Jeanine Añez y su mal manejo de la pandemia, principalmente en el plano sanitario y económico. Además es un repudio en las urnas a una gestión errática, repleta de casos de corrupción y de violaciones a los derechos humanos, documentadas por la ONU y la CIDH. Esto último quedó evidenciado ante los ojos del mundo en las masacres de Sacaba y Senkata, pero también en los centenares de ex funcionarios, dirigentes y hasta comunicadores que tuvieron que exiliarse o refugiarse en Embajadas para salvar sus vidas o no ser judicializados. En síntesis: un gobierno del terror y de terror, que fue eyectado por los sufragios que jamás, ni siquiera en su origen, consiguió.