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Chile: un volcán en erupción

🇨🇱 Chile es un país volcánico. En las últimas décadas, se ha registrado una creciente actividad en el corazón de sus principales cráteres y un aumento en la temperatura y en la potencia en todas sus regiones. A finales del año 2019, los distintos volcanes que atraviesan su territorio se activaron para dar vida a una de las erupciones más grandes de las últimas décadas: la Rebelión de Octubre.

A lo largo de toda la cordillera de los Andes, el frío de sus picos y paisajes transmutaron por lo caliente y volátil del magma en el volcán. Esa nieve por fuera que contiene, congela y solidifica el orden, comenzó a derretirse ante el calor interno: un corazón reprimido pero rebelde que estalló de forma imprevisible. Siguiendo las tesis de la Teoría Volcánica de John Holloway (2000), si lo que está afuera es el poder, lo que está adentro es antipoder, un magma compuesto por las luchas de quienes están reprimidos-as y también por las peleas de lo que está oprimido.

Nos atrevemos a decir que lo que sucedió a partir del 18 de octubre en Chile, puede clasificarse como una erupción volcánica: la ruptura completa y absoluta del pacto social dominante. A diferencia de otros momentos de rebelión, destacamos que en esta ocasión el qué y el quiénes se juntaron inorgánicamente, haciendo posible una erupción magmática de escala nacional y de una profundidad y densidad nunca registrada.

Si bien en otros momentos recientes (1998, 2001, 2006, 2011, 2015, 2018) el territorio ha estado a punto de desbordar, no logró devenir en una explosión de estas dimensiones, ya sea por límites propios de la potencia volcánica o por la contención de los de arriba. No obstante, estos movimientos sí generaron grietas en el territorio que horadaron a la erupción. La rebelión de octubre de 2019 es una erupción inédita en la geografía del poder en Chile, aunque responde a movimientos tectónicos de largo aliento.

A principios del año 2020 y aún con la erupción en desarrollo, una ola de frío rodea al volcán y todo el planeta. Es la pandemia del COVID-19, que abrió una oportunidad a los gobernantes para confinar, vigilar y separar los elementos del magma (el qué del quiénes) buscando congelarlo nuevamente. El COVID-19 fue instrumentalizado por el poder para sofocar el volcán, para contener y suprimir el cuestionamiento al modelo.

A pesar de ello, y nuevamente contra lo esperado, el volcán sigue activo. Innumerables fragmentos arrojados de su cráter comenzaron a producir nuevos fuegos en sus llanuras aledañas, y su lava creó rutas que abren otros caminos en la superficie. Si por fuera el poder está usando un innovador set de instrumentos de sometimiento y represión, por dentro, el antipoder continúa impulsando un repertorio de acciones colectivas, de lucha, protesta y construcción popular. La erupción de octubre se mantiene viva, y el triunfo del plebiscito reafirma la ruptura del pueblo con las élites.

I

La evasión del Metro en Santiago de Chile a principios de octubre de 2019 y la revuelta aparentemente generada por el aumento en la tarifa del transporte público bajo la consigna «¡Evadir, no pagar, otra forma de luchar!», en pocas horas irradió e interpeló con una velocidad inusitada al grueso de las clases populares, mutando en una evasión del pacto social dominante instalado desde la dictadura. Si bien inició como un grito de rechazo de las juventudes populares por el aumento de los treinta pesos, derivó en un qué más amplio y profundo: el desacato contra treinta años de neoliberalismo recargado.

Si en las movilizaciones estudiantiles de años anteriores el grito de protesta y exigencia popular era ¡Fuera el Mercado! y ¡Fin del lucro!, ahora se escuchó y leyó en cientos de calles del país ¡Abajo el Estado! y un estruendoso ¡Ya Basta!, poniendo en jaque el pacto estatal-mercantil que sostiene la hegemonía; una verdadera erupción en la geografía volcánica chilena. Aunque no podemos –y no debemos– encorsetarlo en una movilización de «izquierda», el 18/O es claramente una muestra de cansancio, hartazgo y hostilidad de amplios sectores de la sociedad chilena contra el orden capitalista, patriarcal y colonial impuesto por la fuerza.

Fue una insurgencia inorgánica que desbordó todas las formas de representación y mediación existentes, y que permitió que masividad y radicalidad corrieran juntas. Este carácter acéfalo y horizontal no significa que sea espontáneo: no es un evento disociado de las luchas de cientos, miles, millones de hombres y mujeres que se han comprometido en la construcción de un proyecto emancipatorio para las y los oprimidos.

La erupción, por tanto, es preciso leerla en tanto conjunción de acontecimiento y proceso, es decir, una coyuntura de rebelión total e inorgánica de la mano de tramas subterráneas y apuestas cotidianas impulsadas por diferentes actores/as que fueron ampliando el fuego interno del volcán hasta devenir, de forma inesperada y masiva, en esta erupción (Ouviña y Renna, 2019).

Entre las luchas que confluyeron están la de las mujeres contra el sistema patriarcal, las resistencias contra el extractivismo, la privatización de los bienes comunes, la contaminación socioambiental y la acumulación por despojo en campos y ciudades; la histórica lucha de la nación-pueblo mapuche por territorio, autodeterminación y fin a la militarización del Wallmapu; las iniciativas y propuestas de vida digna basadas en la recuperación de derechos sociales como «NO+AFP»; la lucha social mediante acciones callejeras, tomas de liceos y las variadas expresiones de poder popular desarrolladas por el movimiento de pobladores/as. Estas luchas y quienes las alimentan son movimientos tectónicos de largo aliento, que en conjunto abonaron a la erupción de Octubre.

Por consiguiente, es en el encuentro y la interacción en la diversidad de miles de qué (contra el neoliberalismo) y quiénes (los múltiples rostros de sujetos/as oprimidos por este sistema de dominación) que se libera una energía revolucionaria, que da vida a un momento de destrucción-creativa: el quiebre definitivo de los subalternos con la élite nacional y, a la vez, el deseo y exigencia masiva de un proceso de refundación constituyente.

II

La llegada del COVID-19 a principios de 2020 modificó la superficie alrededor del volcán, abriendo una oportunidad al poder para confinar, vigilar y separar los elementos del magma, buscando congelarlo. Ante el brote del contagio, registrado el 3 de marzo de 2020, las primeras medidas tomadas por el gobierno no fueron de orden sanitario sino securitario, simbolizando los fantasmas de la clase política nacional con el volcán.

Así fue como a través de la militarización, la violencia y el control sobre los territorios volcánicos se quiso controlar el qué, la idea-base del estallido. Se observó una militarización territorial que suspendió los derechos civiles y políticos y redujo el espacio democrático de lucha y reivindicación (Galindo, 2020), la expansión de un sistema de vigilancia policial fundado sobre el temor al otro y justificado por un terror sanitario y el sueño de bioseguridad (Agamben, 2020), junto a una estrategia de control cultural fundada en una pedagogía pandémica (Giroux, Rivera-Vargas y Passeron, 2020) a través de aparatos que diseminan miedo y noticias falsas. Ello fue usado para apagar el fuego de este «enemigo poderoso», que para el gobierno no es el virus sino los pueblos con su energía volcánica.

A las medidas securitarias enfocadas en el qué, se sumaron un conjunto de decisiones, aparentemente sanitarias, dirigidas a controlar el quiénes. El gobierno tomó la decisión, el 26 de marzo, de llevar adelante una estrategia de «cuarentena selectiva y dinámica» que comenzó con el cierre de solo seis comunas, las más ricas de la Región Metropolitana, dejando expuestos al virus a la gran mayoría de los sectores populares.

Mas allá del evidente fracaso de esta política pública, que ha llevado a Chile a ser uno de los países con el más alto número de contagiados y muertes por millón de habitantes, se evidencia un perfeccionamiento de las tecnologías de control del Estado sobre las y los sujetos colectivos que innova en una combinación de zonas (Lerner, 2010) y tecnologías de sacrificio de cuerpos (Federici, 2011), normalizando el hecho que amplios contingentes de la población, como migrantes, negros, indígenas, pobres, mujeres y disidencias sexuales, se vuelvan desechables-sacrificables.

Las medidas ejemplifican la cultura de la muerte intrínseca al capitalismo patriarcal (Shiva, 2006), que opera por medio de una necropolítica (Mbembe, 2003) de base racista y aporofóbica que gestiona en la trama urbana la población a partir de la producción de vidas residuales (Butler, 2010).

La excepcionalidad del COVID-19 ha permitido a gobernantes neoconservadores (en Chile y toda la región) emprender una persecución contra las disidencias y el pensamiento contestatario. Esto, junto con la batería de medidas económicas propia de la ortodoxia financiera, develan el neoliberalismo realmente existente: lejos de la utopía del libre mercado, el Estado ha intensificado su intervención (Theodore, Peck y Brenner, 2009) pero no en su forma benefactora, sino de manera coercitiva y coactiva; funcional a las nuevas formas de acumulación del capital global (Thwaites Rey, 2010).

Las políticas públicas para enfrentar tanto el 18/O como el COVID-19 demuestran que el Estado no desapareció, sino que reproduce y mantiene el orden social mediante un ataque sistemático al qué y al quiénes para impedir ese encuentro entre la idea y los cuerpos.

III

A pesar de todos los esfuerzos del gobierno para contener la actividad volcánica que despertó el 18/O, esta no ha retrocedido ni social ni culturalmente; las movilizaciones masivas en plena cuarentena bajo la consigna «¡No es contra la cuarentena, es contra el hambre!» y «¡Contra la Nueva Normalidad!», son ejemplos de ello.

Se observa que innumerables fragmentos fueron arrojados desde el cráter, comenzando a producir nuevos fuegos, un insurgir colectivo que con extrema osadía hace de la conquista de las calles un laboratorio de experimentación política, que fue lentamente prefigurando modos de vida otros. La ocupación, primero de calles y andenes del metro por las juventudes del país, luego de plazas y parques por las asambleas populares, y hoy de calles y esquinas con ollas comunes, son una recreación de una territorialidad y temporalidad con sentido propio. En estos nuevos espacios se encendió una subjetivación no estatal, popular y comunitaria, que cortocircuita el orden sociopolítico asentado en la hegemonía neoliberal (Ouviña y Renna, 2019).

A su vez, la lava creó nuevas rutas, abriendo caminos a nuevas posibilidades e impulsando una nueva cultura hecha de relaciones más profundas, que apuntan a afirmar la importancia de una vida en dignidad que devuelva a las y los sujetos una existencia social y políticamente significativa (Agamben, 1995). Ello se hace visible en quienes ayer participaban en las Brigadas Médicas ayudando a compañeros/as de primera línea contra la violencia políticas y hoy componen las Brigadas Sanitarias Autogestionadas, que desinfectan barrios periféricos de la ciudad; los cordones territoriales de salud que ayer funcionaban para dar asistencia médica en las marchas y hoy pasan a Cordones de cuidado de vecinos y vecinas.

Estas experiencias, junto con la multiplicación de huertas urbanas, formas de consumo solidarias y la organización popular, son fuente tanto de cuidados como de alimentación social y política del pueblo. Las respuestas desde abajo a la pandemia y al capitalismo van más allá de una respuesta humanitaria, desde la filantropía o la caridad, para la supervivencia biológica y el deber moral de salvar la vida física de las personas y mantener, así, el orden existente (Fassin, 2010; Aedo, Murray y Bacchiddu, 2017). A estas cabe leerlas como esfuerzos que reafirman colectivamente la esperanza que otro mundo es posible, operando desde la justicia social y la solidaridad de clase.

Fueron los vínculos invisibles que se tejieron en la rebelión, las complicidades y solidaridades que se reprodujeron durante la pandemia y el diálogo de saberes en torno al Plebiscito los que desafiaron nuevamente el poder. El triunfo del Apruebo y de la opción Convención Constituyente con un 80% de votos a favor y la participación ciudadana más importante desde el fin de la dictadura, si bien está dentro de la agenda oficial, reafirman la ruptura del pueblo con las élites, la evasión de su campaña de terror, de su maquinaria clientelar y de la violencia y la represión.

Con todo el peso de los poderes fácticos, en plena pandemia, con voto voluntario y a contracorriente de las indicaciones de las élites, cuatro millones de personas (especialmente en los sectores populares y las zonas más violentadas por el modelo) optaron por buscar algo distinto y fueron a votar para traducir lo que gritó la calle en el 18/O en una nueva Constitución.

Notas de cierre

El 18/O es expresión de un deseo histórico de ampliar la autodeterminación social desde los territorios y recuperar y construir el poder popular constituyente originario sobre la vida y el cuerpo social. Es de esperar que la exigencia del antipoder encontrará poco espacio en la agenda institucional para su despliegue. Quizás pueda ser una válvula de escape, pero será insuficiente para expresar eso «distinto» en constante creación. Por lo tanto, es probable que la actividad volcánica permanezca y que estalle nuevamente.

En este sentido, el triunfo del Plebiscito y la futura Convención Constituyente no son ni principio ni final, sino parte de un proceso de largo aliento de reinvención de la política, de lo político y lo social, cuya principal tarea –sin perder de vista la necesidad de conquistar escaños constituyentes y refundaciones normativas en beneficio de las grandes mayorías– es fortalecer los embriones de poder popular, asociatividad comunal y solidaridad de base en los múltiples espacios de vida y existencia que nacieron antes, durante y después de la Rebelión de Octubre.

 

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Fuente: Observatorio Crisis

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