Alrededor de las dos y media de la tarde del martes, y luego de una tensa –e intensa– reunión de la comisión ejecutiva del Partido de los Trabajadores, se decidió anunciar que, por unanimidad, el candidato a presidente será Fernando Haddad (foto) y a vice, Manuela D’Ávila. 

Un largo par de horas después, y junto al anuncio, fue leída la carta en que Lula da Silva presta su apoyo personal a los dos, diciendo, con todas las letras: “Pido a los que iban a votar en mí que voten en Haddad y Manuela”. 

Pese a ser absolutamente previsible, el anuncio oficial trajo un detalle esencial: a menos que ocurra lo improbable, es el fin de la historia de Lula da Silva –el más popular presidente de la historia en el último al menos medio siglo– disputando elecciones: él solo podrá ser candidato cuando tenga 93 años de edad. 

Pero seguirá, desde luego, ejerciendo un rol protagónico central, como principal líder político de mi país. 

En las vísperas del anuncio el PT seguía dividido entre los que defendían que se insistiese con recursos en la Justicia y los que decían que ahora cada día es esencial, reivindicando la oficialización de Haddad como candidato.

Lula da Silva, por su vez, clausurado en una celda de quince metros cuadrados, oscilaba entre momentos de iracunda indignación y una preocupante postración. Todo eso quedó plasmado en la ‘Carta al Pueblo Brasileño’ divulgada luego del anuncio de cambio de la candidatura: la capitulación de un combatiente disconforme pero que desiste de oponerse a lo inevitable.  

Y por inevitable entiéndase el resultado de una farsa jurídica, que contó con el pleno y esencial respaldo de los medios hegemónicos de comunicación y la complicidad evidente de la Justicia en todos sus niveles, de la primera instancia a la corte suprema. 

No hay una única prueba de lo que se acusa al expresidente, no hay cuenta clandestina, no hay nada de nada. Pura ignominia. Y la confirmación de lo evidente: la conjunción de magistrados, medios de comunicación, políticos de partidos corruptos y corrompidos, el mercado financiero y el empresariado en todas sus ramas alcanzó su objetivo: impedir que el golpe institucional que destituyó a la presidenta Dilma Rousseff en 2016 dejase de alcanzar su objetivo final, que era precisamente impedir que Lula volviese a la presidencia.

A partir de ahora se intensificarán aspectos de la más confusa y tumultuosa disputa electoral desde el regreso de la democracia, en 1985. 

Por primera vez existe un candidato viable de la ultraderecha, el capitán retirado y actual diputado Jair Bolsonaro, con fuerte respaldo popular. 

Y por primera vez la derecha y el centroderecha carecen de candidatos viables en términos electorales: se da por seguro que la disputa final será entre un energúmeno ultraderechista y un candidato de izquierda o de centroizquierda, o sea, la disputa final deberá darse entre Bolsonaro y Fernando Haddad, ungido por Lula, o el centroizquierdista Ciro Gomes.

La cuchillada sufrida por Bolsonaro el jueves 6 sería, en la esperanza de sus seguidores, suficiente para liquidar la elección en la primera vuelta.

El primer sondeo de intención de votos realizado luego de la agresión tuvo como resultado exactamente lo contrario: Bolsonaro creció dos escasos puntos, dentro del llamado “margen de error”. Y su rechazo se mantuvo por encima de 42 por ciento, confirmando que él sería derrotado por todos los demás adversarios en una eventual segunda vuelta.

Ciro Gomes creció tres importantes puntos porcentuales, la ambientalista y evangélica Marina Silva se desplomó cuatro y Haddad, que todavía no había sido sacramentado por Lula, más que duplicó su caudal electoral. 

Técnicamente existe un empate entre los tres más el exgobernador de San Pablo, Geraldo Alckmin. Pero de los dos candidatos de derecha, Marina Silva y Geraldo Alkmin, la primera empezó a cumplir lo esperado –derrumbarse de manera significativa– y el segundo mostró que no tiene cómo alzar vuelo.

A partir de ahora están definidas las reglas del juego y con qué baraja se dará la disputa.

Sociólogos, politólogos, especialistas en proyecciones y análisis electorales trazan mil y una versiones intentando prever lo que ocurrirá. 

En general, coinciden en lo obvio, o sea, a menos que ocurra algún vuelco prácticamente imposible, Bolsonaro disputará con Haddad o Gomes la segunda vuelta, y será derrotado. Haddad da muestras de tener más poder de fuego para crecer, pero Gomes igualmente se muestra fuerte.

El centro dramático, sin embargo, es otro: Lula. Pese a encarcelado e impedido, seguirá presente en todos los debates.

Y así quedará patente la falencia general del sistema judicial brasileño, el perverso e indecente papel de los medios hegemónicos de comunicación, la podredumbre expuesta del sistema político, en fin, un país en harapos.

Y es ese país en harapos que Michel Temer y su bando obsceno dejarán como legado al sucesor. 

 

          

Fuente: Página12