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Así como una película del Viejo Oeste, bien se podría titular el intento de la extrema derecha suramericana por agredir a Venezuela, bloqueando y cercenando los derechos de nuestro país en un organismo regional como el Mercado Común del Sur (Mercosur). Este organismo es de vital importancia por ser "la quinta potencia mundial, conformado por 270 millones de habitantes (70 por ciento de la población de América del Sur), un Producto Interno Bruto (PIB) de 3,3 billones de dólares y un territorio de 12,7 millones de kilómetros cuadrados".

El objetivo es cada vez más claro: detrás de las intenciones de los gobiernos de Paraguay y Brasil de que Venezuela no asuma la presidencia pro témpore del Mercosur hay mucho más que un posicionamiento sobre la situación interna del país caribeño. La finalidad del tándem de cancilleres Loizaga-Serra sobrepasa con creces a Maduro, más allá de efectivamente que busquen su salida durante el año en curso: el realineamiento conservador intenta además congelar el funcionamiento cotidiano de esta instancia regional que, con origen estrictamente comercial en la década del 90, se movió a un accionar político -y con conducciones posneoliberales- a raíz de la última década y media regional.

El viaje de canciller interino José Serra a la República Argentina termina de poner sobre la mesa una serie de elementos importantes para comprender una situación regional novedosa, cambiante. El tucano, dos veces derrotado por Luiz Inácio Lula da Silva en el terreno de las urnas, comparte con Susana Malcorra la idea de “flexibilizar” el bloque, noción que parte de un presupuesto engañoso: desideologizar la política exterior de los países. Detrás de este gran titular, se abriría la idea de que se le daría oportunidades a los funcionarios de carrera -“los mejores”- en el ámbito de las relaciones exteriores, y no a funcionarios políticos puros. Esto es desmentido de entrada por el propio caso de Serra, un político hecho y derecho y no un diplomático de Itamaraty, que arribó a su lugar sólo por un arreglo cupular con el también interino Temer, cerebro del golpe a Dilma.

La consolidación y ampliación del Mercosur, y la construcción de la Unasur y de la Celac tuvieron un gran pilar: las estrechas relaciones entre Argentina y Brasil, fundadas por Néstor Kirchner y Lula, seguidas por Cristina Fernández y Dilma Rousseff.

El presidente electo de Argentina, Mauricio Macri, pateó el tablero regional al convertirse en el primer exponente de la “nueva derecha” latinoamericana en acceder al gobierno de su país, algo que aún no pudieron hacer Henrique Capriles (Venezuela), Aécio Neves (Brasil), Mauricio Rodas (Ecuador) y Luis Lacalle Pou (Uruguay), los otros exponentes de este espacio político aún en conformación. Esto, más allá de significar un cambio concreto en la actual correlación de fuerzas -que aún sigue teniendo un fuerte peso de líderes de extracción nacional-popular, progresistas y de izquierda- también abre discusiones nuevas en el plano regional, donde Macri apuntará, tal cual dijo, a intentar converger con la Alianza del Pacífico, pretendiendo asimismo avanzar en un acuerdo de libre comercio con la Unión Europa.

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