La característica central de un hecho revolucionario, como el producido hace quince años en Bolivia, el 17 de octubre, es que su impacto y repercusiones alcanzan las siguientes décadas y generaciones sobretodo porque se trata de un momento constitutivo protagonizado por las fuerzas nacionales y populares que derrotaron política, social y militarmente al sistema de partidos tradicionales, a los agentes del neoliberalismo y a los intereses del imperialismo y la oligarquía que habían destrozado el país durante los anteriores veinte años.

La historia política de Honduras está cargada de símbolos, héroes y próceres, mártires y santos que iluminan la marcha hacia el objetivo que respira en el corazón de la mayoría oprimida. La memoria persiste en el consciente colectivo, aunque el mercado la puede opacar y los pueblos deambulan en la oscuridad, sin embargo, las circunstancias en épocas específicas desempolvan la historia y encuentran la luz que ilumina el momento álgido. La luz que ilumina la marcha humana, social, económica, política y cultural no es algo puramente subjetivo, tiene materia concreta en personas concretas que dieron a las ideas el ímpetu que las trasciende.

Hoy hace medio siglo el movimiento estudiantil que había cimbrado durante más de dos meses a la sociedad y a la institucionalidad política mexicanas fue aplastado mediante una conspiración represiva, urdida en las más altas esferas del poder, que desembocó en una masacre y en una persecución política tan implacable como injustificable y cuya huella de dolor e indignación perdura hasta nuestros días. Vistas en retrospectiva, las reivindicaciones de los estudiantes movilizados resultaban de obvio cumplimiento en un entorno de normalidad democrática: liberación de los presos políticos, supresión de los apartados del Código Penal que legalizaban la persecución política, destitución de los mandos de la policía capitalina implicados en abusos de autoridad, indemnización a las víctimas, supresión del Cuerpo de Granaderos y castigo a los funcionarios responsables de la violencia en contra de los inconformes.

Durante estos días se debería estar conmemorando el bicentenario del intercambio epistolar entre el Libertador Simón Bolívar y el diplomático estadounidense Juan Bautista Irvine. Además del anecdotario vinculado al hecho histórico y a la coyuntura en la que se produjo el intercambio, me parece que lo más resaltante es el manejo que Bolívar le da al debate, haciendo gala de gran erudición, profundo conocimiento del derecho internacional, la historia, la economía, la política y las artes militares. Es notorio que a través del tiempo se ha resaltado el papel del Libertador como jefe militar, estratega, y conductor de batallas que sellaron la independencia de Sudamérica del colonialismo español, pero poco conocemos de su capacidad de liderazgo político, de estadista y mucho menos su extraordinaria capacidad para lidiar con los hechos internacionales, su manejo de la administración del gobierno en esta área y las decisiones que tuvo que tomar en materia de política exterior. Es de mi opinión que algunos de los asuntos que están ocurriendo en la actualidad son explicables a la luz de las decisiones que Bolívar tomó en esos meses, por lo que es de mi opinión que este intercambio de misivas con Irvine es fundacional de la política exterior de Venezuela.

A ratos mueve levemente la comisura de sus labios para dibujar una sonrisa, mientras la mirada permanece ausente: se llama Joan Turner, la viuda de Víctor Jara.

Frases

"Cuando un pueblo despierta, se llena de coraje y decide ser libre, jamás podrá ser derrocado"

Hugo Chávez Frias

Correos del Sur Nº81

 

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 Cuadernos para la Emancipación

Número Especial  1. Junio 2018.

 

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