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La democracia haitiana nació hace un ratito. En su breve tiempo de vida, esta criatura hambrienta y enferma no ha recibido más que bofetadas. Estaba recién nacida, en los días de fiesta de 1991, cuando fue asesinada por el cuartelazo del general Raoul Cedras. Tres años más tarde, resucitó. Después de haber puesto y sacado a tantos dictadores militares, Estados Unidos sacó y puso al presidente Jean-Bertrand Aristide, que había sido el primer gobernante electo por voto popular en toda la historia de Haití y que había tenido la loca ocurrencia de querer un país menos injusto.

Haití, el país más vulnerable del continente americano, se ve afectado por el covid-19 mientras que la población sufre ciclones, una pobreza generalizada y un gobierno gangrenado por la corrupción y totalmente desacreditado. Las últimas palabras de Georges Floyd se han convertido en un grito de alerta en las redes sociales: “Ayiti paka respire”, es decir, “Haití no puede respirar”.

El poeta haitiano René Depestre escribió en “El neumático incendiado” que su país es “el primer productor mundial de desdichas y de zombis”. A este trágico ranking, ahora hay que sumarle las imposiciones del Fondo Monetario Internacional que han desatado la rebelión popular.

El último país del continente americano de habla castellana pendiente de independizarse, se encuentra sumergido en una crisis económica descomunal.

La diplomacia imperialista siempre se ha basado en mentiras, chantajes, amenazas y provocaciones. Invariablemente es el mismo escenario, raido de tanto uso, que en la actualidad se repite con la idea engañosa de un desocupación ilusoria de Haití con el fin de seducir a la opinión nacional e internacional.

Postales para NO OLVIDAR

ATLAS HISTÓRICO DE AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE

 

Correos del Sur Nº133

 

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Resumen Latinoamericano: Septiembre

 

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Premio Aquiles Nazoa Periodismo Digital 2015

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