Los movimientos de extrema derecha que hoy condenamos por su efectividad, son el perfecto síntoma de que, valga la redundancia, la perfección del proyecto moderno sólo existió en la cabeza de sus vanidosos fundadores. Su utopía está en crisis. Pero resucitar el espíritu anterior a ella, para este lado periférico del mundo, aguarda la supremacía blanca y toda su angustia mortal supurando por nuestros poros.

Unos con ansias esperan el cheque de la quincena

Su buche de metadona

Su novio la quinceañera

A los nuevos meses un niño

Otro en la fila del lotto

Amores en los moteles, espejos y amores rotos

Esperan una cartita los presos y los soldados

El padre por su chamaca

La esposa por su borracho

Esperan un meteoro

Que el oro llueva en el barrio

Un solo globo en el aire

Finales varios

Luis Díaz, en Días de Odio

Parte I: la cárcel de un pensamiento binario y tranquilizador

Desde el año 2016, la victoria de Donald Trump, la salida de Reino Unido de la Unión Europea, el ascenso de liderazgos nacionalistas y tildados como de extrema derecha en Europa, y más recientemente en Brasil, han copado buena parte de la agenda política.

Estos hechos han delimitado y moldeado no sólo el debate público e intelectual, sino la ubicación de diversas fuerzas y actores políticos más allá de los países donde ocurren. Es un asunto global y no es para menos: la crisis política que hoy expande sus consecuencias, tiene su origen en el propio corazón de Occidente.

Al principio, desde los grandes centros de pensamiento se nos intentaba convencer que se trataba de un pequeño desvío en el camino. A medida que ha pasado el tiempo, la tendencia del análisis ha derivado en categorizar como neofascismo, populismo y extrema derecha lo que son en realidad expresiones de una situación global que desafían las categorías con las que intentamos entender el momento.

Una genealogía de Jair Bolsonaro o de Matteo Salvini en Italia, cada uno con sus propios matices locales, nos daría una cepa que reúne, ciertamente, aspectos de fascismo y populismo de derecha. El privilegio del discurso de raza por encima del de los derechos universales, acompañado con la construcción de antagonismo irresoluble entre pueblo y élite, podría corresponderse bastante bien, en apariencia, con estas denominaciones. Y eso, casi que por mandato lógico, debemos observarlo como algo malvado automáticamente.

Pero hay algo que nos dice la historia intelectual del siglo XX con respecto a estos fenómenos. Historia intelectual que, además, ha sido copyright del liberalismo.

Como fascismo fue denominado un gigantesco movimiento de masas europeo que reaccionó ante la crisis económica del período entre guerras y contra la principal obra intelectual de la Ilustración: la democracia liberal. Pero lo que décadas de reconstrucción histórica defectuosa no nos mostrará, es que ese imaginario de los derechos universales se expresó en África, Latinoamérica y Asia, bajo la égida de los Imperios coloniales europeos, en forma de segregación racial, esclavitud total y altas dosis de supremacía blanca.

Luciérnagas de fuego van cortando la niebla

Que cubre la sabana, el golfo de Guinea

Al ver tu sangre quiero decir mi sangre

Gritar malas palabras desde el timón de un tanque

Digo tu nombre, quiero decir Zimbabue, quiero decir Mandela

Quiero decir Selassie

Quisiera verte mecida en tus altares

Con un león de hierro, una canción de Marley

Luis Díaz en África Madre

Sin esa exclusión y genocidio del "otro" relegado a las periferias del sistema-mundo, reducidas a un cementerio de bestias sin nombre ni derechos, habría sido imposible financiar el salto tecnológico que transformó a Europa en el epicentro del proyecto moderno y que la haría cerrar filas contra el nazifascismo.

Incluso los campos de concentración de Auschwitz, un símbolo que quedaría para la posteridad sobre la inhumanidad del régimen nazi, estaba siendo experimentado en las periferias coloniales casi en simultáneo por los herederos de la Ilustración.

La Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano fue escrita con sangre africana, asiática y latinoamericana. El primer documento político del fascismo cultural, el cual se expandiría tiempo después a todos los rincones del planeta. 

Una equivocación similar ocurre con la categorización de populismo. Contrario a lo que entendía el argentino Ernesto Laclau por este fenómeno, la construcción de los antagonismos entre el pueblo y la élite para romper la lógica burocrática y de privilegios de la democracia liberal, hoy ha derivado en la demagogia más absoluta.

Desde Matteo Salvini, pasando por Jair Bolsonaro hasta llegar a Mr. Trump, hacen del choque contra las élites un factor de persuasión pero en beneficio de otras élites. Pero su efectividad no depende del populismo o de su concepción defectuosa, sino de otros factores más profundos.

Para nosotros, contraponer la libertad y la democracia como valores neutros, sin juicio crítico, ante la emergencia de posturas que exacerban la raza y la nación, blanquea peligrosamente nuestra historia como el cuerpo apaleado, sin nombre y sin rostro, de la supremacía blanca imperial.

Este complejo industrial-intelectual occidental es una guía poco confiable para entender este momento crucial de la historia humana. Para esta industria, la humanidad está permanente polarizada entre nociones de liberalismo/conservadurismo, democracia/dictadura, abierto/cerrado, racional/irracional. Un análisis condenado a fracasar, pues desecha los rasgos irracionales y enigmáticos que nos componen.  

Y ni hablar de la última guerra

Que acabó con la fauna, hizo infértil la tierra

Debido a la radiación, común son las mutaciones

Ni religión, ni gobierno, sólo corporaciones

Controlan lo que comes, también la información

Economiza tu alimento, mensual una porción

Dark en Hecatombe

Parte II: auge y caída del Homo Economicus

A riesgo de suprimir amplias elipsis históricas de un siglo XX recordado como el más mortífero de la historia humana, siguiendo la denominación del historiador inglés Eric Hobsbawm, llegamos al cierre de la caída de la URSS y la entrada en vigor de las narrativas triunfalistas de Occidente.

Estas resucitarían la idea original de la Ilustración, pero en un mundo interconectado económicamente (mercado mundial), en vías de financiarización y sin una ideología enfrente que le hiciera contrapeso. Estas utopías modernas del siglo XVIII tomarían su forma definitiva en la entrada al siglo XXI.

Ahora en las amplias zonas geográficas del bloque socialista, harían fluir la idea secular del mercado y la ciudadanía dentro de los moldes de la democracia liberal. Aquí comienza el juego en realidad.

A todos se nos daría, desde ese momento, un final preestablecido. Al fin, sabemos para qué venimos y de qué se trata esto llamado vivir o experiencia humana.  

Aunque no comienza en 1989, ya para ese año tenemos una imagen inamovible del mundo: un mercado mundial nos interconecta a todos a niveles aberrantes, todos los países se organizan como Estados nacionales y cada cual goza de una membresía ciudadana dentro de esta nueva aldea global.

El resultado del salto tecnológico de la globalización es la consolidación del Homo Economicus, una especie de nuevo género humano egoísta, calculador y vanidoso que persigue la felicidad y la maximización de sus beneficios en el mercado. Es demasiado inteligente como para creer en religiones o tradiciones; no tiene arraigo territorial o nacional, reniega de todo lazo de sangre. Es absolutamente lógico, sabe que todos los problemas y enigmas de la humanidad se resuelven con incentivos monetarios. La competencia es su mantra. Evitar el dolor y las decisiones irracionales es su catecismo de cada mañana.

Obsesionado con el progreso material, cree que la política, la cultura y la ética, hasta el amor, son extensiones del dinero. El mercado es la única forma de interacción humana posible y consagrará la paz y felicidad perpetua para todos.

Este proyecto civilizatorio llegó a todos los rincones y homogeneizaría de forma amarga nuestras nociones sobre política, economía, ética y cultura. El colonialismo europeo y la aceptación por parte del bloque socialista de que el progreso material llevaría a la felicidad, ablandó el terreno en las periferias del sistema-mundo para la entrada de la globalización neoliberal.

Potenció la ruptura brutal con los modos de vida, tradiciones y cosmogonías alternas que aún atravesaban la vida en estos territorios, para configurar una sociedad civil comercial y secular. Todo el planeta bien uniformado, en su mejor sentido carcelario.

Globalización, homogenización

Para un mejor control

Embrutecimiento sistemático para que consumas como un maniático

Igual de reemplazable que un neumático

Los Niños Estelares en La Dictadura Científica Acaba de Empezar

El balance de este proceso de homogeneización cultural es una incuantificable dosis de dolor social, una mezcla corrosiva de insatisfacción, humillación y resentimiento, inducido por el capitalismo industrial global y sus desigualdades intrínsecas.

De acuerdo con la ONG Oxfam, el 1,1% de la población mundial posee más riqueza que el resto de la población mundial. Esta desigualdad extrema, combinada a un salto tecnológico cada vez más acelerado que obliga a una reinvención permanente dentro de un mercado mundial posindustrial, ha dejado a millones de almas totalmente frustradas y angustiadas, totalmente indefensas, sin medios para realizarse en el mercado o para ser reconocidos socialmente, y sin tradiciones en las cuales refugiarse para darle sentido a su existencia. Es un cataclismo tremendo, doloroso, que implica que es irrealizable nuestro fin preestablecido como ciudadanos de consumo y que toda comunidad anterior fue borrada. 

Esas almas depredadas reclaman que la promesa de final feliz sea cumplida, reaccionan con fuerza y solicitan castigos contra quienes creen son los responsables de su situación, buscando drenar el incontenible desagrado de ser un don nadie dentro de una gran maquinaria que te exige, día a día, hacer una empresa exitosa de ti misma para tener algún valor. Justamente los liderazgos fuertes de la extrema derecha han sabido interactuar con este malestar que subyace a la modernidad, dirigiendo la furia contenida hacia las élites cosmopolitas y neoliberales que perdieron conexión con vectores de capitalismo nacional aún vigentes. 

Las redujo a la nada, pero una nada que mantiene como noción de vida el consumo y la realización individual, la cual choca con un mundo en extremo desigual. Del Homo Economicus como promesa civilizatoria global, llegamos al Homo Sacer, como diría el filósofo italiano Giorgio Agamben. Una condición de "vida" que no llega a lo humano. Sin derechos, desnudos, sin nombre, pasamos a ser sacrificados en masa por el poder. Esta y no otra es la coordenada que delinean los poderosos mecanismos de opresión que enfrenta la humanidad en su era 2.0.

Así, libre movilidad de capital y los flujos caóticos de la era posindustrial lograron fracturar todos los lazos comunitarios, de sangre y nación, y las creencias religiosas que daban algún sentido de pertenencia. En nombre del mercado y la razón secular, la sociedad global fue condenada a la esquizofrenia del mercado mundial, el cual según las dinámicas de consumo y los incentivos económicos reordena a las poblaciones entre ganadoras y perdedoras.

Parte III: el Rus Belt estadounidense como ejemplo de la crisis sistémica global

Un ejemplo de esto es lo que sucedió con el Cinturón del Óxido (Rus Belt) estadounidense. Como baluarte de la industria pesada y manufacturera del Este gringo, durante la segunda mitad del siglo XX su población recibió los beneficios de las exportaciones y de la alta demanda de productos metalúrgicos. La bonanza hizo del Rus Belt una zona de prominente consumo y símbolo del American Way Of Life.

Pero esto duró hasta los 90. Con la apertura del mercado asiático y la deslocalización de las fábricas porque se hacía mucho más barato producir con mano de obra (subpagada) del sudeste asiático, el placentero Rus Belt se ha convertido en un cementerio de estadounidenses agobiados por la deuda, sin asistencia médica y sin derechos económicos.

Este blanco estadounidense promedio, mientras sucede su debacle económica, observa que los inmigrantes que viven en las periferias, que están dispuestos a realizar los trabajos que nadie quiere, comienzan a ganar cierto estatus social y a incidir, de forma relativa, en la esfera pública colocando candidatos y desarrollando agendas que promueven su lugar en la sociedad.

El costo emocional de esta deslocalización se mide en rabia acumulada y contenida, en el más profundo desarraigo. Malestar porque la promesa de ser ciudadanos felices y consumidores les estalló en la cara.

Donald Trump ganó las presidenciales con votos definitorios que provenían del Rus Belt, argumentando que la culpa de la situación de sus habitantes se debía a que el club Clinton decidió mover las fábricas a China. Éxito garantizado y bastante que tenía razón.

Trump también afirmó que ese blanco estadounidense estaba de primero. Cuando lo hizo devolvió, aunque fuera demagógicamente, un lugar de pertenencia a millones de blancos depredados por la globalización. A partir de allí llamarse "blanco", y reclamar ese origen étnico en exclusión del otro (inmigrante), adquiriría el reconocimiento social y el lugar privilegiado dentro de la sociedad que le arrebató la globalización. El problema es que el inmigrante no tiene la culpa de la situación del blanco, sino las dinámicas globales de migración que lo llevaron hasta allá en busca del sueño del Homo Economicus.

La esquizofrenia de un mundo sin fronteras y de flujos caóticos de capitales ha generado un saldo enorme de odio, resentimiento y revanchas, ante los violentos movimientos que supone para las estructuras de la sociedad el agotamiento o descubrimiento de recursos minerales, las corrientes migratorias ante la depredación económica de las periferias y las dinámicas de desigualdad generalizadas.

Una realidad que ciertamente se liberó de sus ataduras geográficas. En este sentido, lo ocurrido en Brasil es sintomático: mezcle caída de los precios de las materias primas, una fuerte crisis económica y el desprestigio de la élite mediante casos de corrupción, agregue luego el encono histórico de élite blanca contra la mayoría pobre. El resultado será un Jair Bolsonaro triunfante en las elecciones. Utilizando el recurso del odio y la supremacía racial, tocó profundo en amplios sectores de la sociedad que buscaban un vengador y un chivo expiatorio que pudiera calmar la angustia de vivir en un país que va bien si el mercado provee una renta que los sacie más o menos a todos, aunque el reparto sea siempre desigual.

No sólo blancos adinerados votaron por Bolsonaro.

Parte IV (final): la crisis es del modelo; asumir el coraje de un pensamiento pesimista

Pero como hemos venido contando, estamos ante un problema que no se circunscribe únicamente a Brasil, sino que cruza a toda Latinoamérica, Estados Unidos, Europa, Asia, África. Y es que los recursos (financieros y naturales) son cada vez más escasos y desiguales en su distribución. Y quienes están en la parte de arriba del embudo no negociarán su posición.

Ahí millones quedamos por fuera. La angustia, la frustración y la rabia acumulada tras la globalización caldean los ánimos de nuestra aldea global ante el miedo que tenemos de no poder adaptarnos a los cambios tecnológicos, por el pavor de no cumplir con nuestro final preestablecido de ser ciudadanos felices en el consumo. De no haber logrado nada, de vivir sin estatus social o simbólico. En fin: de ser pisados por la rueda filosa de la civilización y envidiar eternamente, al mismo tiempo que nos odiamos, porque otros más con mejor capacidad de adaptación a los cambios está por encima de mí en la pirámide social. 

Vivimos el ocaso de las narrativas triunfalistas de Occidente, siendo herederos de su incertidumbre, desempleo masivo, pobreza generalizada, de sus familias rotas, del desarraigo y desprecio por relatos comunes y de pertenencia con algún pasado aglutinador. De sus caravanas migrantes. De la defunción caótica de que un final feliz para todos nos esperaba a todos, sin distinciones de clase, género, origen racial o capacidades.

Cunde el odio y la sinrazón en todos lados al presenciar la naturaleza desigual de los medios para alcanzar una realización vanidosa de nuestro lugar en el mundo. Una reacción que se generaliza en el mismo corazón de Occidente al ver una élite tecnocrática, con conexiones, talentosa, consumidora de productos de lujo, que lo logró todo, explotó a la humanidad entera y cerró las puertas para el ingreso de los demás.

El resultado de esta tensión psíquica que se globalizó no es otro que una colosal envidia y resentimiento que le da el piso irracional para que cabalgue la denominada extrema derecha, la cual aunque engañe y sea demagógica, muy a pesar de la izquierda, está leyendo una furia histórica transversal a todo el género humano que bien podrían mover los cimientos de la política moderna.

Uno de los asuntos problemáticos está en que al elevar discursos privilegiados de raza y nación, como una especie de redención a la devastación globalizadora del capital, se intenta recrear una comunidad política impoluta y no contaminada por fuerzas externas. El cáncer ya avanzó demasiado hasta hacer metástasis para volver a atrás, al menos de esa forma tan cándida. 

Estas ideas han logrado movilizar porque hacen del odio hacia el otro (inmigrante, pobre, mujer, etc.) un mecanismo de reconocimiento social. Una de mis inspiraciones para este artículo, el intelectual indio Pankaj Mishra, dice sobre esto que "Rousseau, un forastero de la élite parisina de su época, que luchaba con la envidia, la fascinación y el rechazo, vio cómo las personas de una sociedad impulsada por el interés propio individual viven para satisfacer su vanidad: el deseo y la necesidad de asegurarse el reconocimiento de los demás, para ser estimados por ellos tanto como uno se considera a sí mismo. Pero esta vanidad, ejemplificada de forma escandalosa hoy en día por la cuenta de Twitter de Donald Trump, a menudo termina alimentando en el alma una aversión hacia el propio yo al tiempo que aviva el odio impotente de los demás; y puede degenerar rápidamente en un impulso agresivo, por el cual los individuos se sienten reconocidos solo por ser preferidos a los demás y por regocijarse en su abyección".

Desafiar los clichés que hemos internalizado no nos tranquilizará, ni nos dará automáticamente la clave para desentrañar estos problemas. Sin embargo, permite dar en uno de sus pilares políticos para vacunarnos del engaño.

El atractivo del planteamiento de personajes como Trump, Salvini o Bolsonaro, radica en tocar elementos irracionales que anidan en el alma humana: la seguridad emocional de la familia, el miedo a los grandes cambios, el resentimiento y la certidumbre de las tradiciones. Esta idea se complica en su ejecución y se proyecta como peligrosa, cuando el supuesto culpable para retornar allí es un inmigrante, un homosexual o una mujer.

Y en apariencia, en contraposición a esto, vemos a una izquierda que promueve más derechos civiles, más integración y más mercados, bajo el mito de la paz, concordia y estabilidad, cuando justamente la humanidad está en su resaca buscando una venganza irracional y hasta cierto punto nihilista, pero no por eso condenable automáticamente. Nunca habían estado tan separados de los miedos, temores y angustias de la humanidad. De sus brotes de sinrazón que la componen.

Lejos de dar una conclusión final, quizá esto permita anidar el terreno para comprender que las causas de nuestra angustia y crisis global radica en cómo un modelo que funcionó para Europa en su momento, fue expandido a todos los rincones del planeta, ocasionando traumas y una devastación cultural que nos dejó desnudos y sin interacción humana más allá del mercado.

Occidente vive una crisis profunda de su propia ingeniería socioeconómica, mientras que las periferias del sistema mundo la vivimos por doble partida: la de los imperios coloniales y su consiguiente modernización, con la cual completaron nuestra homogeneización cultural, política, económica y espiritual.

De este lado del mundo reimaginar la política no pasa por una negación nihilista del pasado, una empresa descolonizadora total y absoluta, sino buscar los momentos históricos en que nuestras emociones, traumas y pasiones más profundas han creado lazos y sentidos de comunidad por fuera de la razón mercantil. Sólo caminando sobre nuestras propias trazas, y no en la gesta de un gran salto adelante o una nueva utopía que nos haga empezar falsamente de cero, podríamos encontrar cierto sentido de reconstrucción. Y eso pasa por asumir con coraje el pesimismo y la fatalidad de este ciclo histórico.

Los movimientos de extrema derecha que hoy condenamos por su efectividad, son el perfecto síntoma de que, valga la redundancia, la perfección del proyecto moderno sólo existió en la cabeza de sus vanidosos fundadores. Su utopía está en crisis. Pero resucitar el espíritu anterior a ella, para este lado periférico del mundo, aguarda la supremacía blanca y toda su angustia mortal supurando por nuestros poros.

 

          

Fuente: William Serafino/Misión Verdad

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