Como sabemos, ayer hubo elecciones de medio término en Estados Unidos. Un panorama general de los resultados nos deja una fotografía bastante parecida a las presidenciales de 2016 pero con otros aditivos que destacar. 

La polarización llegó para quedarse y la nueva composición del Congreso

La aguda polarización interna y las divisiones sociales profundas que emergieron en la contienda electoral entre Hillary Clinton y Donald Trump, siguen presentes y confirman que llegaron para quedarse.

El Partido Demócrata conquistó la mayoría de la Cámara de Representantes, con un margen menos estrecho que el anunciado, apoyándose en su base electoral de zonas urbanas y semiurbanas. Por su parte, el Partido Republicano logró mantener la mayoría en el Senado, haciendo valer su influencia en algunas de las zonas periféricas del Sur que le dieron la victoria a Donald Trump.

Los resultados de estas elecciones son mixtos. Aunque desde el bando demócrata se intentó convertir estos comicios en un plesbicito contra la presidencia de Donald Trump, la correlación de fuerzas en ambas cámaras del Congreso no muestra una inclinación definitiva hacia uno de los dos partidos que pueda ser utilizada para imponerse sobre el otro.

Como reseña el articulista W. James Antle III para el portal The American Conservative, fue una buena noche para republicanos y demócratas, pero no tanto para Donald Trump, que vio su agenda migratoria parcialmente impugnada por los resultados en la Cámara de Representantes.

Con la Cámara de Representantes tomada por el cuello, el Partido Demócrata gana la posibilidad de abrir un juicio político a Donald Trump. También aumenta su influencia sobre las políticas de gasto del Ejecutivo y el control institucional sobre la actuación de sus funcionarios.

Por su parte, un Senado de mayoría republicana le permitirá a Donald Trump mantener el control sobre el Poder Judicial y restringir las posibilidades de un juicio político, dos aspectos cruciales para mantener la estabilidad de su gobierno y afianzar sus estrategias en el ámbito migratorio y comercial.

Aunque tienen actividades separadas y bien definidas, el Senado tiene la última palabra en cuanto a enmiendas, proyectos de ley y comités de seguimiento de las políticas del Ejecutivo. La victoria de Trump en el Senado le dan oxígeno para 2020, a lo que seguramente el Partido Demócrata responderá utilizando la Cámara de Representantes como arma de desgaste a sus bases de apoyo en el Senado.

Lo que viene a partir de acá, muy probablemente, es una intensificación de la confrontación política y social en todas las esferas de la vida política, que lejos de reiventar una salida a la crisis estadounidense, va socavando las estructuras del sistema político completo, debilitando al mismo tiempo la capacidad de Estados Unidos de incidir en los asuntos internacionales de forma asertiva y contundente. Es ahí donde las posturas de Donald Trump y el retorno a un aislacionismo conservador son las que siguen ganando terreno.

¿Política de identidades u operación de masas del Partido Demócrata?

Sobre esto el resultado en las elecciones de la Cámara de Representantes, el articulista del medio Mother Jones, Jeremy Schulman, afirma que "el propio Trump fue uno de los temas clave en la elección, especialmente entre las mujeres, los votantes jóvenes y las personas de color, grupos que votaron abrumadoramente por los candidatos demócratas".

La política de identidades del Partido Demócrata, enfilada políticamente en el campo electoral con la operación de masas denominada #MeToo, logró instrumentalizar a las poblaciones no blancas para reducir el respaldo electoral de Donald Trump en zonas clave donde había triunfado en 2016. El caso más representativo de esto fue el Cinturón del Óxido (Rus Belt).

Una campaña persuasiva y seductora cargada de estéticas de consumo que había nacido para frenar, desde las agrupaciones feministas y desde otras plataformas progresistas, el nombramiento de Brett Kavanaugh en la Corte Suprema sirvió de base para reconfigurar el estado de comportamiento y las prioridades del electorado en los comicios de ayer.

Esta tecnología electoral logró mover el centro del debate político al derecho de las minorías, alejando tópicos como la desigualdad económica, el endeudamiento de las familias y la precaria situación laboral del trabajador promedio estadounidense, donde Trump tenía mucha mayor capacidad de incidir desde su demagogia habitual.

O como comenta el Oficial del Ejército de Estados Unidos, Danny Sjursen: "las guerras de Estados Unidos en siete países de mayoría musulmana han quedado completamente ignoradas en las elecciones de medio término".

De la mano del Partido Demócrata, más de 100 mujeres llegaron a la Cámara de Representantes, entre ellas dos de origen indígena, una refugiada somalí y un hombre homosexual que resultó gobernador de Colorado. Medios como CNN y The New York Times no han dudado en presentar esto como logros históricos y un cambio sustancial en la cultura política estadounidense a favor de las minorías. Una especie de triunfo de las fuerzas del bien contra las fuerzas del mal.

El periodista Chris Hedges, una de las voces más lúcidas para analizar el panorama político estadounidense, contraviene la lógica binaria entre buenos (demócratas) y malos (Trump) que se impuso en la precampaña.

Para Hedges, "casi todos los candidatos de la Cámara de Representantes son patrocinados por empresas. La industria de valores y finanzas ha respaldado a los candidatos demócratas entre un 63% y un 37% sobre los republicanos, según los datos recopilados por el Centro para la Responsabilidad Política. Los candidatos demócratas y los comités de acción política han recibido $56.8 millones, en comparación con los $33.4 millones de los republicanos, informó el centro. El sector más amplio de finanzas, seguros y bienes raíces, ha dado $174 millones a los candidatos demócratas, contra $157 millones a los republicanos. Y Michael Bloomberg, con su propia carrera presidencial, ha prometido $100 millones para elegir un Congreso demócrata".

El título del artículo de Chris Hedges, "Escoria vs. Escoria", argumenta que la agenda multicultural del Partido Demócrata se basa en un fascismo corporativo de “cara amistosa”, con conexiones nítidas con Wall Street y la industria financiera. Las posturas xenófobas y racistas de Trump son, simplemente, la cara más agresiva.

En ese sentido, tanto el Partido Demócrata como el Republicano, independientemente de quien gane cada elección, emplean una retórica de odio y confrontación, atravesada por la lógica neoliberal y el fundamentalismo del mercado. Sus identidades políticas y raciales se asientan en la exclusión del otro, utilizando la demagogia que en cada etapa les permita reforzar una pirámide social de violencia económica total contra la población. Y ese es un consenso inamovible.

Es tan así que mientras en la superficie del debate político se presenta que la contradicción fundamental en Estados Unidos es la lógica xenófoba de Trump contra la supuestamente multiculturalista del Partido Demócrata, en el corazón del país la descomposición social aumenta a niveles nunca antes vistos.

Apunta el analista Paul Buchheit que "según el Libro de datos de riqueza global de Credit Suisse  2018, 34 millones de adultos estadounidenses se encuentran entre el 10% más pobre del mundo. ¿Cómo es eso posible? En una palabra, la deuda. En palabras más insoportables: asfixiantes e indeseables cantidades de deuda mortales para los estadounidenses más pobres. Y va más allá de los dólares a las muertes por desesperación causadas por el estrés de una cobertura de salud inferior, ingresos estancados y desigualdad fuera de control. Numerosas fuentes informan sobre el aumento de la deuda para la mitad pobre de los Estados Unidos, especialmente para el grupo de ingresos más bajo, y en gran parte debido a los costos de atención médica y educación. Desde 2008, la deuda del consumidor ha aumentado casi un 50%. El porcentaje de familias con más deudas que ahorros ahora es más alto que en cualquier otro momento desde 1962".

Buchheit destaca que a medida que la participación de las minorías ha aumentado, desde el primer gobierno de los Clinton, la precariedad, la violencia policial y la restricción de derechos básicos en estos grupos han llevado la peor parte.

A raíz de esto, vale la pena recordar que la situación actual de precarización en Estados Unidos es un legado del fundamentalismo neoliberal de la familia Clinton y su empuje a las deslocalizaciones industriales hacia China y el sudeste asiático. Un legado que también se nutrió del legado conservador de Ronald Reagan, sólo que en el caso del Partido Demócrata encontró su base de legitimidad en políticas de apertura del espacio público a poblaciones no blancas.

El fascismo con cara amistosa, otra vez.

Lógica del espectáculo y teatralización de la política

Este marco de factores y variables nos dan unas elecciones de medio término que no son tales, al menos en cuanto a la capacidad que tiene el acto político del voto para cambiar la conducción política y económica del país.

Más que una ceremonia democrática, los comicios de ayer se dieron bajo una lógica del espectáculo, que teatralizó contradicciones profundas que han atravesado la historia republicana estadounidense en los últimos 150 años.

Dos demagogias que chocan. Una cimentada en la política de identidades, que amplía el espacio público a las minorías con el objetivo de asimilarlas a las nuevas esclavitudes del siglo XXI, donde se legitima a nombre del multiculturalismo la superioridad de una élite tecnocrática neoliberal. Y otra, planteada desde el miedo de la población blanca a la "invasión inmigrante", un odio totalmente nihilista que encubre la incapacidad del sistema político (y de sus élites) para superar el racismo de los "padres fundadores" de la Constitución estadounidense.

Racismo y multiculturalismo son chivos expiatorios lanzados de uno a otro bando, sin ninguna intención verdadera de encontrar un espacio común de diálogo entre los distintos orígenes nacionales que convergen en ese continente.

Las elecciones de medio término y la política de identidades que monopolizaron su percepción versus la agenda xenófoba de Trump, suponen una escena de teatro donde las "identidades en disputa" no mueven las verdaderas poleas del poder estadounidense: las grandes empresas y Wall Street. Una ficción pintada de tribalismo y "choque de civilizaciones" falaz e inútil para la vida real de la población estadounidense vista como un todo.

Y esto lo explica algo tan sencillo como que los congresistas y senadores electos por el bando de Trump, así como los del Partido Demócrata, responderán a sus financistas y acreedores del capital financiero abultando aún más la violencia económica sobre sus habitantes, dejando a las identidades que dicen representar en un segundo plano.

La contradicción profunda por fuera del espectáculo: la guerra civil es el proyecto

La lección que podemos recoger de estas elecciones es que, independientemente de los recambios en las figuras de poder y en las correlaciones de fuerzas, todo empeorará en el corto y mediano plazo.

Esto pasará porque el enfrentamiento entre los partidarios de Trump y los partidarios del Partido Demócrata ponen de manifiesto dos visiones de mundo, dos formas de concebir el proyecto estadounidense y dos maneras de concebir el origen nacional y la identidad.

Algunos analistas y teóricos afirman que Estados Unidos carga en su corazón una guerra civil no resuelta, que, en cada momento de caos o tensión social, saca a relucir sus aspectos más terribles.

Los tiroteos masivos, la violencia económica, en fin, el estado de excepción generalizado que se posa sobre el país, es la expresión en el hueso de una contradicción entre las élites con respecto a la identidad de Estados Unidos. Si bien estas tensiones son teatralizadas desde los medios y desde los actores políticos, emergen de un enfrentamiento real que se simboliza en Trump y los tecnócratas de Wall Street.

William Smith, director del Centro para el Estudio de la Estadística en la Universidad Católica de América, nos ilustra muy bien las diferencias entre las dos élites. "Desde la década de 1960, los líderes de Estados Unidos han sido educados a través de una inmersión en las narrativas culturalmente radicales y posmodernas que dominan los planes de estudio de nuestras mejores universidades. Se ha convertido en un objetivo primordial de la educación superior para sensibilizar al futuro establecimiento sobre cuestiones de raza, género y clase, y para crear conciencia sobre los desafíos mundiales como el cambio climático. En las instituciones de élite, se enseña que Estados Unidos es un gran obstáculo para el empoderamiento de las minorías oprimidas y el motor central de las crisis mundiales".

Continúa Smith describiendo el otro lado de la acera: "Trump y sus partidarios detestan esta narrativa. El deleite que reciben en sus ataques groseros e incluso violentos se deriva de su creencia de que las élites son responsables de la destrucción sistemática de la verdadera religión civil estadounidense. Ellos creen que el establecimiento se ha arrodillado contra su propio país. Los partidarios de Trump, por otro lado, abrazan sin tapujos la historiografía estadounidense tradicional y buscan elevarla haciendo que América sea grande otra vez. El globalismo y el multiculturalismo, son vistos simplemente como antipatrióticos, un intento de desaparecer la memoria colectiva de la historia americana".

Cada debate público o coyuntura en Estados Unidos se encuentra atravesado por el discurso de la guerra civil y por la tensión no resuelta entre dos élites que ven Estados Unidos como proyectos distintos, destinados a una confrontación civil apocalíptica que de una vez por todas resuelva los asuntos pendientes. Una tensión que está guardada en el corazón de la primera Constitución americana.

Es por eso que en política interna la caravana de migrantes coloca en el centro de la disputa política la idea de si Estados Unidos es un país de origen blanco o, si en cambio, siendo la guía espiritual de Occidente, debe integrar a los inmigrantes para defender su patrimonio liberal como la nación indispensable. Lo mismo ocurre en el ámbito de la política exterior.

La tensión entre el ala nacionalista que representa Trump y el globalista que se ciñe al Partido Demócrata está basada en si Estados Unidos debe proyectarse como un Estado nación hiperindustrializado, con objetivos concretos en política internacional en función de sus habitantes, o si, en cambio, debe ser un imperio global que está predestinado a llevar la democracia liberal y la economía de mercado a todos los lugares, mediante la guerra, aún a costa de que la población estadounidense sufra los desequilibrios y tensiones de la globalización y el neoliberalismo.

Esta división estructura las posiciones de las élites, sus discursos y sus nociones de futuro e identidad cultural. Ocurre dentro de un sistema político que no logra integrar esas contradicciones, sino en cambio las refuerza. La ciudadanía y la globalización como último sueño húmedo del capitalismo terminó siendo un estatus para unos pocos. Trump es un síntoma de que los perdedores de la modernidad quieren de vuelta su estatus y lo buscan apelando a la raza, a los lazos de sangre y tierra, que supuestamente había extirpado la religión del mercado.

Por esta razón, la postura de Trump suena tan violenta y apocalíptica como las respuestas de los propios demócratas.

El germen de la destrucción de Estados Unidos está en su propio origen y la configuración cultural de sus élites, perturbadas por más 100 años de guerra interna y externa, y enloquecidas ante un salto tecnológico que no saben cómo administrar. En su cosmovisión supremacista, de supuestos poseedores de una cualidad especial, observan el ascenso de China y Rusia como una traición y no como un cambio de tendencias civilizatorias.

Ahora sume todo esto y tendrá una bomba de tiempo que nadie sabe desactivar y que puede dar al traste con el modelo civilizatorio occidental en su conjunto.

 

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Las elecciones de medio término (midterm elections) en Estados Unidos confirmaron la tendencia polarizada que se plantea en el mapa político de ese país. Los demócratas ganaron la mayoría de los escaños en la Casa de los Representantes mientras que los republicanos hicieron lo propio con el Senado.

Específicamente, en el estado de Florida hay una repartición un tanto igual en cuanto a las correlaciones de fuerza política entre ambos partidos. El candidato republicano Ron DeSantis ganó la gobernación con unos 50 mil puntos de diferencia sobre su contrincante demócrata Andrew Gillum, apenas un 0,7% de diferencia de votos entre ellos. La trifecta (poder en los dos polos del Congreso más la gobernación federal) sigue en posesión de los republicanos.

Esa repartición polarizada del Congreso estadounidense y la victoria pírrica de DeSantis pareciera replantear algunos equilibrios partidistas con respecto a Venezuela en Florida, estado donde rigen lobbys políticos a favor de una mayor ofensiva sobre el chavismo, Cuba y Nicaragua, pero que a la larga no cambia el fondo en la estrategia de cambio de régimen venezolano.

En la Cámara de Representantes

Los republicanos obtuvieron 14 escaños en la Cámara de Representantes, los demócratas se quedaron con 13. Eso da la ventaja en ese apartado al partido de Donald Trump, pero perdieron algunos puestos clave que se conectan directamente con los grupos antivenezolanos en el sur de Florida.

Carlos Curbelo, que buscaba la reelección por el Partido Republicano en el distrito 26, perdió ante la demócrata Debbie Mucarsel-Powell, oriunda de Ecuador y en la línea anti-Trump, sobre todo en lo referido a los migrantes. Curbelo apoyó como congresista todas las leyes y pronunciaciones en contra de Venezuela, junto a sus ex colegas Mario Díaz-Balart y Ileana Ros-Lehtinen.

Estos dos últimos, sin duda, fueron los más empecinados enemigos del chavismo en la Cámara de Representantes, tanto por sus conexiones con las mafias de Miami como por sus ascendencias anticubanas, aun siendo latinos por nacimiento o sangre.

Ileana Ros usó un delfín para el distrito 27, la republicana María Elvira Salazar, ex periodista y presentadora de televisión, quien perdió ante la demócrata Donna Shalala. Díaz-Balart resultó reelegido por el Distrito 25, lo que no sorprende.

Los tres distritos son clave a la hora de abordar el tema Venezuela en el Congreso, ya que geográficamente representan los intereses de los grupos venezolanos y cubanos con poder de cabildeo. Por ello, resulta una baja sensible para éstos el que los republicanos perdieran los escaños de los distritos 26 y 27.

De ser elegida, Salazar había dicho en su campaña electoral que el presidente Trump tiene que tomar la "opción nuclear, que es dejar de venderle y comprarle petróleo a Venezuela, porque no se puede hacer más negocio con el gobierno de Maduro. ¡Que se lo venda a la China!", una declaración que se compagina con lo expresado por otros republicanos como Marco Rubio, de la línea dura por el cambio de régimen contra el chavismo.

Tanto Mucarsel-Powell como Shalala han debido expresarse sobre la situación venezolana y las acciones que emprenderían de ganar un escaño, una asignatura obligatoria debido a los distritos que aspiraban representar, y que ahora pasarán al hecho legislativo, aunque sin duda con menor fuerza que la impuesta por Curbelo y Ros-Lehtinen.

Shalala apoya las sanciones a Venezuela, presentaría un proyecto de ley que pedirá el Estatus de Protección Temporal para los venezolanos que se encuentran en los Estados Unidos y está dispuesta a liderar una comisión bipartidista con el objetivo de multiplicar los recursos y las ayudas para los países suramericanos que actualmente reciben a venezolanos que migran por tierra.

Mucarsel-Powell, por su lado, se ha pronunciado en contra del gobierno presidido por Nicolás Maduro, pero no apuntó una agenda detallada sobre sus pasos contra Venezuela, aunque se esperan asimismo acciones de apoyo a lo que Shalala, de mayor ascendencia mediática, disponga.

Lo que no se puede ocultar es la gran decepción por parte de personeros mediáticos a raíz de la derrota de Curbelo y Salazar.

En el Senado

El escaño del republicano Marco Rubio estaba asegurado pues fue elegido en 2016 debido al complejo sistema de elecciones que existe en Estados Unidos.

Pero Bill Nelson, demócrata y aspirante a la reelección, perdió contra el republicano Rick Scott, gobernador del estado de Florida hasta diciembre de este año, con una diferencia de apenas 0,4%, unos 30 mil votos.

Hasta 2020 estará el dúo republicano en lo más alto del Senado por la Florida, quienes han sido un eje de influencia en la política exterior hacia Cuba y Venezuela de la Administración Trump.

Seguramente, ambos unirán esfuerzos para presionar por medidas como el embargo petrolero y la confiscación o torpedeo de activos venezolanos en suelo estadounidense (pensar en Citgo Petroleum y los bonos de PDVSA), que no necesariamente están en la agenda legislativa del Partido Republicano pero sí pueden pujar desde sus posiciones, y en tándem, a la Casa Blanca para tomar acciones contundentes contra la Revolución Bolivariana.

Por el Senado, así, no hay ninguna sorpresa. Más bien se espera un recrudecimiento de las vocerías antichavistas y en su accionar, en una línea que ya de por sí tiene a Venezuela como un tema recurrente en sus audiencias y en la agenda legislativa de la mano de congresistas tanto republicanos como demócratas.

¿Quién es Ron DeSantis?

El candidato de Trump, Ron DeSantis, ganó la gobernación de Florida con un importante apoyo de los lobbys armamentísticos y conservadores de la rama blanca supremacista. John Bolton, el actual Asesor de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, le dio también un espaldarazo que lo ayudó a encumbrarse.

DeSantis, abogado de profesión, formó parte de la Cámara de Representantes de 2012 hasta septiembre de este año (desde donde apoyó toda acción legislativa contra Venezuela) para poder lanzarse como candidato a la gobernación. El lobby israelí y la Armada del Pentágono también dieron un apoyo a este conservador, quien dice apoyar a Trump en todas sus agendas políticas de cara a un estado crucial para las próximas elecciones presidenciales de 2020.

Que el nombrado sector militar lo alabe como gobernador tiene sentido si sabemos que DeSantis participó en la fuerza naval durante la invasión y ocupación de Irak en 2003 y como auditor militar general en la cárcel de Guantánamo (Cuba), donde las violaciones a los derechos humanos por parte de las autoridades estadounidenses son sistemáticas y harto conocidas.

Ya sus declaraciones contra Irán y Cuba, aliados del gobierno venezolano, y su defensa acérrima al ente sionista de Israel, lo proyectan como un gobernador que seguramente tendrá a Venezuela en la mira, sobre todo si el presidente estadounidense le pide algún apoyo o consejo particular, con el lobby antivenezolano del sur de Florida mediante.

Sobre todo si tomamos en cuenta que Bolton, un acreedor político de su victoria, recientemente consideró que Venezuela, junto a Nicaragua y Cuba, conforma una "troika de la tiranía" que amenaza la seguridad de los Estados Unidos.

¿Qué pierde el grupo pro-intervención?

Las conexiones de DeSantis con Marco Rubio, Rick Scott (colaboradores entre ellos) y la Administración Trump lo ubican en la línea dura contra Venezuela, que junto a las acciones del Congreso podría embarcarse en una nueva oleada de sanciones y tácticas de presión a nivel internacional, en coordinación para intentar el cambio de régimen tan ansiado por Miami.

Pero la realidad pareciera chocar con ese determinismo. El lamento de venezolanos conectados al establishment del sur de Florida por los curules perdidos en la Cámara de Representantes tiene un aditamento que no debe pasar por debajo en el análisis: el hecho de que las relaciones construidas por el lobby Ledezma-Arria, pro-intervención militar, se deshilvanan o comienzan de cero ante una nueva representación legislativa en los distritos 26 y 27.

Eso unido al nulo consenso que existe dentro de la Administración Trump para acciones militares de peso contra Venezuela tiene al cabildeo antivenezolano lamentando el tener que reconstruir ese marco de relaciones que con Curbelo y Ros-Lehtinen ya se había consolidado, perdiendo a su vez dinero e influencia en las decisiones que se toman en el Congreso adentro.

Aunque es cierto que Rubio y Scott llevan algunos años trabajando con estos grupos de presión, autoerigidos como un posible gobierno de transición venezolano en el exterior, no es necesariamente un hecho que ambos lleven a conclusión lo que los otrora congresistas republicanos venían trabajando y acordando. Más bien este dúo podría cambiar de ruta a la hora de abordar el tema Venezuela desde el Senado.

De esta manera, los distritos clave que perdieron los republicanos en la Cámara de Representantes podrían representar una pérdida de fuerza, desde abajo hacia arriba, de las dinámicas intervencionistas que llevaban a cabo las mafias mayameras con el fin de ver, por fin, al chavismo exterminado. Y por ello, salud.

 

          

Fuente: Misión Verdad

Frases

“Tenemos que ayudar todos los días al nacimiento de la conciencia cuando no la haya, y al fortalecimiento de la conciencia cuando ya exista.”

Hugo Chávez Frias

ATLAS HISTÓRICO DE AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE

 

Correos del Sur Nº83

 

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