Tras la conquista de las independencias nacionales en el continente africano, las empresas de los países coloniales, con la connivencia de jefes de estado y cuadros políticos pro-occidentales, se aseguraron el control de sus inmensas riquezas sosteniendo la fragmentación calculada a líneas simétricas en la Conferencia de Berlín en 1885 (...).

“Todos los países imperialistas, sin excepción, nos dejaron con nada más que nuestro resentimiento y, más tarde, la determinación de ser libres y elevarnos de nuevo a la categoría de hombres y mujeres que caminan con la frente en alto”. (Nkrumah 2010, 16

Tras la conquista de las independencias nacionales en el continente africano, las empresas de los países coloniales, con la connivencia de jefes de Estado y cuadros políticos pro-occidentales,  se aseguraron el control de sus inmensas riquezas sosteniendo la fragmentación calculada a líneas simétricas en la Conferencia de Berlín en 1885. De hecho, al número total de países con reconocimiento en la perseverante Organización de Naciones Unidas tiene asiento para 53 estados africanos, cuya población va desde ochenta mil (80.000) en Seychelles a ciento cincuenta millones (150.000.000) en Nigeria.

Aun hoy siguen naciendo nuevos estados en el continente africano: en plena siglo XXI, África ha visto establecerse como estado a Sudán del Sur, con sus vastas reservas petrolíferas, junto a algunos no reconocidos aun por la Unión Africana o por Naciones Unidas, como Somalilandia, Puntlandia y el califato islámico de Gwoza, al norte de Nigeria, autoproclamado por la organización fundamentalista Boko Haram como estado leal al Estado Islámico (ISIS).

Gracias al petróleo, la extracción gasífera, la producción de café y cacao, la economía africana presenta hoy una fuerte aceleración en algunos de sus países, sin que ello deje de significar que ha menguado la desproporción en las condiciones de vida para el grueso de la población. Esta situación, conveniente a Occidente en cuanto permite a naciones europeas y chinas controlar el cruce de cuentas entre economías nacionales y ganancias transnacionales, resulta sin embargo funesta para el continente, al perpetuar por más de 30 años a algunos liderazgos políticos que han perdido el interés libertario que animó las independencias.

Tras la rápida instalación de estados nacionales sobre el territorio africano, proceso vivido con la fuerza de “un huracán embravecido que el antiguo régimen no pudo soportar” (Nkrumah 2010, 13), se han sostenido familias, grupos y clanes que, jugando a la democracia epidérmica o superficial, impostan las instituciones occidentales sin mayor preocupación por su funcionamiento real en medio de una alta concentración de riqueza personal en buena parte de sus gobernantes (acaudalada en bancos europeos y estadounidenses) y una extensa precarización de las condiciones de vida para la mayoría de sus connacionales; lo que pone a 25 de estos países entre los más empobrecidos y con peores indicadores de desarrollo humano. Tales indicadores hacen palidecer lo que en su momento fuese visionado como “el mayor despertar que se haya visto jamás sobre la faz de la tierra de pueblos oprimidos y explotados contra las potencias que los han mantenido sometidos” (Nkrumah 2010, 14).

A tiempo, un intelectual visionario como Kuame Nkrumah había planteado a África la imperiosa necesidad de superar el peor de los efectos del pasado colonial: la fragmentación en fronteras milimétricamente definidas en función de las riquezas controladas por Bélgica, Francia, Alemania, Inglaterra y otros países, en menor medida.

Krumah, destacado luchador entre quienes conquistaron la independencia de Ghana en 1954, convocó cuatro años después a un nutrido grupo de intelectuales y activistas militares por la independencia de sus naciones, entre quienes estaban Patrice Lumumba, Amilcar Cabral, Julyus Nyerere, entre otros. A partir de este encuentro de 1958, la consigna ha sido una sola:   “África debe unirse”.

Si bien África ha adoptado la existencia de estados nacionales, en correspondencia con la tradición occidental de fijar fronteras para la vigencia del estado de derecho y la consolidación de instituciones políticas que reflejen un determinado régimen con el que se rige a sus nacionales, el modelo panafricano de nación aspira a superar los estrechos límites tras la balcanización de Africa, defendiendo la libertad de toda África ya no frente al dominio político de naciones extranjeras sino ante el peso devastador de la rapiña y la voracidad del capital trasnacional, sus empresas, carteles y encadenamientos productivos.

Nkrumah, consciente de los efectos perversos del colonialismo, centró en la capacidad autogestionaria africana el moldeamiento de nuevas instituciones que contribuyeran a proveer mejores niveles de bienestar para quienes, totalmente dependientes y prisioneros  del régimen colonial, no eran propietarios siquiera de la más pequeña fábrica, víctimas de un “despojamiento absoluto, como una línea que cortara nuestra continuidad” (Nkrumah 2010, 18). Para ello, advertía la importancia geoestratégica que representa la extensión territorial de África, el segundo continente más extenso del planeta, con sus cuantiosas riquezas. Bajo la idea de crear condicions de poder industrial y económico panafricano; Nkrumah concibe un gobierno continental robusto que, a ejemplo de aquellos con estructuras confederadas,  dote de estados independientes a una gran nación edificada sobre la base del cúmulo de ventajas que implicaría un Mercado Común de África Unida, capaz de empoderarse a partir de la exploración minera, la producción agrícola y energética gracias a sus poderosas fuentes hídricas.

El África unida de Nkrumah, Lumumba, Cabral y otros, no es el continente de la mano famélica extendida para recibir las limosnas filantrópicas con las que el primer mundo exculpa sus demonios. Muy por lo contrario, esa África soberana, fue imaginada con una política internacional común, fuerzas militares unificadas y solidez institucional para sostener relaciones de equilibrio planetario estratégico. Al decir de Nkrumah «Si nosotros logramos convertir a África en el ejemplo de un continente unido con una política y un objetivo comunes, habremos realizado la mejor contribución posible a esa paz que anhelan todos sus hombres y mujeres».

Por eso sorprende que hoy, cuando la televisión y la prensa mundial nos muestras una tras otra las sucesivas e inhumanas masacres tras los naufragios de cientos de africanos de diferentes países de origen, no sólo occidente sino igualmente gobernantes africanos permanezcan impávidos, como si tantos cadáveres no constituyeran un nuevo e inquietante reclamo por una única África, capaz de retar las lógicas del capital trasnacional agazapado en las mullidas y cómodas sillas presidenciales de aquellos que, pese a las impresionantes cifras en su contra, se atornillan a sus escabeles para resistir los embates de la resistencia mientras juegan con plácido aburrimiento el juego de la democracia electoral.

Es en la huida despavorida (y a cualquier costo, incluida la muerte) de las limitaciones y padecimientos de quienes viven la realidad de la zozobra y la pobreza, toleradas por los enunciados de la libertad democrática; que puede adelantarse la tarea crítica del cuestionamiento al mundo colonizado y sus reciclajes en aquellos países que ganaron su independencia pero fueron sometidos al establecimiento de figuras de postín, luego de producir guerras de sucesión, la cooptación y el asesinato selectivo de sus mejores hombres y mujeres.

Por ello, hoy más que nunca, ¡África debe unirse!  Hoy más que nunca los hijos e hijas de África por el mundo debemos releer a Nkrumah, quien nos enseña que “la supervivencia libertaria de África, la extensión de la independencia a todo el continente y su desarrollo hacia un futuro promisorio en el que nos muevan nuestros esfuerzos y esperanzas se fundamentan en la unidad política”; encarnando el sueño rabiosamente libre de nuestros ancestros y no el miserable y patético espectáculo de la desgracia que nos condena a vernos y ver a nuestros hermanos como eternas víctimas del colonialismo occidental. ¡África debe unirse; y quienes en África afincamos nuestra heredad, debemos trabajar para que así sea!

 

Referencia:

Nkrumah, Kuame. Africa debe unirse (1963). Bellaterra, 2010.

Nkrumah, Kuame. Africa must Unite. Frederick A. Praeger Publisher, 1963. Cuando no se cite la edición de Bellaterra, los apartados corresponden a traducción propia de la versión en inglés.

 

       

Fuente: Canarias Semanal

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